reyesLlegó el 6 de enero y mucho se habla sobre los Reyes Magos. “La adoración desde la humanidad de los Magos” lleva como título la columna de reflexión de Diego Pereira pereira.arje@gmail.com para Sociedad Uruguaya.

La adoración como necesidad humana

En todas las religiones existen diversas formas de reconocimiento de la grandeza, magnificencia u omnipotencia de la divinidad. Pero siendo aún más claros, las formas de hacerlo tienen que ver con el mismo hecho, lo que cambia es la forma de nombrarlo. Por lo tanto hablamos de que en todas las religiones se da un reconocimiento de la pequeñez humana frente a la presencia de lo divino, pero que no implica un sometimiento ni un sentimiento de inferioridad, sino que es un reconocimiento de la grandeza de lo divino. Y al hablar de grandeza debemos intentar una mayor explicación: a menudo cuando decimos “Dios es grande”, entendemos por ello que es poderoso, que está en todos lados, que lo sabe todo, que puede hacer lo que quiere. Pero ello si la persona que cree en él se obliga a obedecerlo. Esto es un antiguo y actual vicio de una visión errada sobre Dios. “A Dios hay que obedecerlo” se dice a menudo por ahí y es verdad, pero creemos que son necesarias algunas aclaraciones.

Entendemos por grandeza: santidad, amorosidad, misericordia, profunda sensibilidad. Dios es grande sí, pero porque es capaz de acoger en su amor a todos y tiene el poder para cambiar la vida de una persona, convertirla en un ser nuevo, amoroso, bueno, servicial a una comunidad. Su grandeza no estriba en un poder impuesto, sino en amor regalado, en ternura entregada a quien se anima a recibirlo. Dios no conquista con gritos ni guerras, seduce con ternura y amor, con una paz que acaricia el alma humana. Dice San Juan de la Cruz: ¡Oh toque delicado, que a vida eterna sabe, y toda deuda paga!, (Llama de amor viva) describiendo su propia experiencia de encuentro con Dios con un sabor a eternidad, sabor a un gozo profundo que nos lleva a sentirnos plenos y convencernos que no necesitamos nada más que Dios.

Y es a partir de esa grandeza de Dios que el ser humano se dispone, de manera totalmente consciente, a adorar a Dios, a reconocer su grandeza que es reconocer su amor, su generosidad, su atención para con él.  Hay un primer reconocimiento más personal: “Dios me ama”, y eso me transforma interiormente, me renueva las fuerzas, me hace feliz, me impulsa hacia la vida. Y una vez experimentado esto viene el segundo paso: “Dios me invita a amar a los demás”. Es es así que siento una necesidad de exteriorizar mi experiencia, de traducirlas en acciones que reflejen el amor recibido. Cuando Dios toca el ser profundo de una persona se pierden dentro de sí todos los resortes de rechazo hacia lo humano: la persona se transforma en una ser más sensible a las necesidades humanas, al padecimiento de sus semejantes, al sufrimiento injusto de sus hermanos. Es ahí cunado descubrimos el valor de lo comunitario, de la necesidad de los hermanos. Ya no somos solamente amados sino que pasamos a ser amantes de parte de Dios, o si se quieren, co-hacedores del Reino de Amor que Dios tiene prometido al ser humano.

La adoración de los reyes

En el texto de Mateo 2,1-12 leemos que los magos preguntan: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo». Los magos eran personas religiosas, de búsquedas profundas del sentido de la vida y destino humano. Y también podemos decir que, aún en su dependencia del reinado de Herodes -ya que los sabios eran contratados y consultados por los poderosos- ellos iban más allá de lo preestablecido. Esa conciencia de su necesidad les hizo reconocer la grandeza de aquel niño: encontraron al rey que buscaban pero fueron sorprendidos por el signo más fuerte: la ternura y el amor que despierta todo bebé recién nacido. Ese es el poder de Dios al que ningún ser humano puede resistir. Ellos vinieron buscando un rey fuerte y poderoso, y encontraron un bebé débil y necesitado. Pero se vieron seducidos por el amor y es allí que borta la actitud de adoración que supera la razón y que mueve el corazón.

Al encontrarse con el niño “postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron sus dones…”. La primera actitud de los reyes cuando encuentran lo que tanto buscaron es la postración: símbolo de reconocimiento, de colocarse a los pies de lo divino, dejando toda su humanidad en adoración al rey. Y la segunda es la donación de lo más valioso que tenían, aquello que habían guardado en espera del tan ansiado rey: el oro, el incienso y la mirra, signos de la elección predilecta de Dios por el rey. De la misma manera nosotros tenemos la oportunidad de encontrarnos con Dios como rey, pero de una manera bien diferente al que todos buscan; rey de amor y sencillez, rey de lo pequeño e insignificante, pero que muchas veces intentará ser tergiversado por una idea del Dios del poder. Si encontramos a este Dios en la Revelación traída en Jesús es por su poder de atracción y seducción que nos postraremos y le entregaremos lo más valioso que tenemos: nuestra propia vida. En Jesús Dios se ha mostrado al ser humano y ante él se dobla toda rodilla en el cielo y en la tierra (Fil 2,10) para mostrarle al mundo que Dios es poderoso, pero que ese poder es el amor a los más pequeños. Adorar a Dios implica adorar lo pequeño de este mundo”.