Sociedad Uruguaya

Artsaj: El genocidio continúa

Artsaj

por Escotoma

 

Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta que se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno.

Juan Rulfo.

 

Era aún muy pequeño cuando empecé a escuchar una historia que me contaba mi papá, acerca de una comunidad en un lugar muy lejano, del otro lado del mundo, que había resistido heroicamente un intento por hacerla desaparecer. Era un enorme y poderoso imperio, que se afanaba por erradicar de la faz de la tierra, no solo a todas las personas de aquel sufrido pueblo, sino también por borrar cualquier manifestación de aquella cultura que, en el devenir de la historia, pudiera recordar su existencia.

Y yo escuchaba atentamente e imaginaba las escenas de aquello que parecía una fábula, y en la que faltaban los superhéroes. Por el contrario, solo había gente común que, hasta un rato antes de la macabra decisión de exterminarlos, ocupaba su tiempo en procurar el pan, producir afectos, plantar semillas, y colaborar en la construcción colectiva del mundo de todos.

Aquella historia se desarrollaba en lugares que de ninguna manera me resultaban familiares. Y solo muchos años más tarde, pero aún siendo un niño, en alguna película en blanco y negro, en la matinée del cine Piedras Blancas, pude ver aparecer en acción a los sultanes. Y, más tarde aún, siendo ya estudiante, escuché por primera vez palabras como Cáucaso o Imperio Otomano.

Sin embargo los armenios estaban aquí. Cerquita mío. Betty, que era la peluquera de mamá, o mi compañero de clase, Levón, con el que compartíamos bromas, a la hora del recreo en el liceo Nº 13 de Maroñas. Y más tarde fue una ministra, un subsecretario de estado, un legislador, un director de orquesta, un centro delantero goleador o el rector de la universidad. Eran mis prójimos. Eran mis hermanos. Eran mis amigos. Con los que podíamos compartir un partido de fútbol hasta cansarnos de recibir goles, o discutir de política hasta enojarnos un ratito.

Pero a mi me gusta imaginar, que en la profundidad de sus miradas renegridas, habitaba la nostalgia por una tierra que todos ellos añoraban, aunque hubieran nacido muy lejos de allí. Aunque nunca la hubieran pisado. Mirándoles a los ojos, muy adentro, desentrañando enigmas ancestrales, desenredando las sombras y los dolores, se encontraba uno, con la luz del espíritu de aquel pueblo perenne, que no pudieron extinguir, ni aun desmembrándolo.

Pero quiso la vida que muchas décadas más tarde de aquellas narraciones, en aquellas mismas tierras, y con el mismo pueblo como protagonista, resurgiera el impulso genocida.

Ilham Aliyev, heredero de una dinastía con pretensiones de perpetuidad en Azerbaiyan, envalentonado gracias al enorme poder que le otorgan las gigantescas reservas energéticas que controla, reactivó el virus del exterminio que había permanecido latente en el Cáucaso Meridional.

El 24 de febrero del año 2022, la invasión de Ucrania desató una guerra de gran magnitud en aquella región, que comenzó a derrumbar la estabilidad política y económica de gran parte del mundo.

Este conflicto, donde también se han denunciado crímenes de guerra, donde también se generó una ola migratoria de dimensiones escandalosas, y donde también se han perdido decenas de miles de vidas de civiles y de niños, aunque no concite demasiado la atención en nuestro país, ha sido la piedra angular determinante de muchos de los aspectos que hoy, visto el golpe de timón que ha tenido la política exterior norteamericana, parecen estar pautando un cambio de era en lo que tiene que ver con el ordenamiento internacional: el desgarramiento del orden internacional posterior a la guerra fría, y la rehabilitación de la lógica de las áreas de influencia (los “patios traseros”) con un peligroso aumento de la tensión entre las grandes potencias, y el consiguiente incremento de la incertidumbre planetaria.

La invasión de Ucrania, por sus previsibles y nefastas consecuencias, durante mucho tiempo se robó la atención de la comunidad internacional e hizo que las grandes potencias, particularmente las más involucradas históricamente en la región, desestimaran cualquier posibilidad de realizar gestiones que supusieran distraer esfuerzos o recursos en conflictos que tenían menor visibilidad o que eran percibidos como de menor importancia relativa.

Pero mientras tanto, y desde hacía ya tiempo, debajo del sillón dinástico de Azerbaiyan, había estado al acecho un hambriento lobo gris que vigilaba, obstaculizaba la paz, y procuraba impedir la autodeterminación del pequeño enclave de Artsaj, que reclamaba su soberanía desde lo alto de las montañas transcaucásicas. La pretensión de unificar cultural y políticamente toda la región, aniquilando cualquier atisbo de diversidad étnica o de disidencia cultural, nunca había desaparecido.

La agresividad fue, paulatinamente, aumentando. Pero el objetivo, esta vez, era consolidar el resurgimiento del panturquismo a través del control político y militar de la región. El objetivo era aniquilar todas las pretensiones de autonomía de la región de Nagorno Karabaj. Era la extirpación de un pueblo del que “nadie se acuerda”

__ ¿Quién recuerda la masacre de los armenios?__  fue la frase de Adolfo Hitler, el 22 de agosto de 1939, después de dar la orden de proceder a ejecuciones masivas de civiles, al inicio de la campaña contra Polonia.

Y así fue ejecutado meticulosamente el plan de erradicación. El plan de resurgimiento, con renovados bríos, y la búsqueda de consolidación de la hegemonía panturquista, inspirada en las antiguas tradiciones otomanas, que había surgido en el Siglo XIX en esa misma tierra donde hoy está Azerbaiyán, y que había estado en la base del primer genocidio del Siglo XX.

El bloqueo del Corredor de Lachín durante muchos meses, impidiendo la llegada de alimentos y de medicinas, de productos para la higiene y de combustible, era la máquina de la muerte. La desnutrición en los niños, los desmayos en los adultos, la falta de medicamentos para las patologías crónicas, la escasez de combustible, contrastaba con las imágenes de filas de camiones con ayuda humanitaria impedidos de ingresar, detenidos del otro lado del puesto de control militar instalado por Azerbaiyán en la entrada del corredor. El hambre, en complicidad con la indolencia de gran parte del globo, era el arma perfecta. Y nadie hacía foco en un conflicto del que no se podía obtener rentabilidad económica ni política a favor ni en contra.

Los reclamos de la comunidad internacional fueros insuficientes e inútiles. El 22 de febrero de 2023, hace exactamente 3 años, la Corte Internacional de Justicia indicó que: “la República de Azerbaiyán adoptará todas las medidas a su disposición para garantizar la libre circulación de personas, vehículos y carga a lo largo del Corredor de Lachin en ambas direcciones”. Por supuesto que esta determinación fue desoída sin consecuencia alguna.

Y finalmente la estrangulación dio sus frutos de muerte. Al bloqueo de tantos meses, se sumó el bombardeo. Y luego el éxodo. Y como si un oscuro designio estuviera pautando la vida de aquel pueblo, volvieron las imágenes del destierro. Una vez más, las imágenes que, cuando yo era un niño, me trasmitiera mi padre. Ils sont tombés seguía cantando Charles Aznavour, un siglo más tarde.

Una verdadera pesadilla que tuvo su segundo acto. La frutilla de la torta de aquel humillante despojo, fue colocada el día que los líderes de Armenia y Azerbaiyan se sentaron junto al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, para ponerle un sello a la ignominia. La historia de los armenios seguramente, tiene reservado un rincón muy oscuro para el actual primer ministro de Armenia, Nikol Pashinian, convidado de piedra de esa jornada denigrante, parodia de un acuerdo de paz.

Pero esta historia no ha concluido. Yo sigo pensando en Sarkis, un joven ingeniero uruguayo y armenio, a quien tuve el gusto de conocer, y de admirar por su amor por la tierra de sus antepasados. Sarkis hizo hace algunos años la opción de vivir en Armenia. Entonces pienso en su vida y en su lucha. Y me lo imagino con las ganas de siempre para seguir adelante con sus sueños.

Y es pensando en él y en esos sueños, y en esa larga fila de armenios con los que alguna vez me he tropezado, que me di cuenta que la historia no había concluido. Que no hay ningún bloqueo capaz de amputar aquellas raíces. Y mucho menos aquellas montañas. Que cada una de estas batallas a lo largo de la historia no han hecho otra cosa que ratificar la vigencia de una nación indómita que hoy vive en todo el mundo. Que hoy también vive en la diáspora. Y que una vez más, como siempre, también en Nagorno Karabaj, la vida podrá más.

El nido no quedará vacío. Amanecerá una mañana y se abrirán las ventanas en Artsaj por donde entrará un sol que ya nadie podrá bloquear. No es voluntarismo. Es percibir y entender esa llama que persiste en el alma de esta nación.

Muchos más niños armenios nacerán en Stepanakert, más tarde o más temprano, que serán el orgullo de sus hermanos armenios, desparramados por todo el mundo. Y podrán contarle, mis hijos a sus hijos, una nueva historia donde sí habrá superhéroes. Una historia donde los cristianos badajos convocarán porfiadamente a aquella vieja iglesia en Shushí, donde aquellos niños cantarán contentos y emocionados a los cuatro vientos: somos nuestras montañas.

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