Gerardo Amarilla y la Reforma Protestante: “El mayor deseo de esta comunidad es bendecir a un país al que amamos profundamente”
8 Nov '17

Sociedad Uruguaya

Gerardo Amarilla y la Reforma Protestante: “El mayor deseo de esta comunidad es bendecir a un país al que amamos profundamente”

Gerardo AmarillaEl diputado Gerardo Amarilla (Partido Nacional) expuso este miércoles 8 de noviembre en la Cámara de Representante sobre los “500 años de la Reforma Luterana”.

“Somos parte del pueblo uruguayo, algunas encuestas hablan del 9% otras del 15%, lo cierto es que en las iglesias evangélicas uruguayas, hijas de esa Reforma que celebramos y homenajeamos en el día de hoy, hay miles de uruguayos que sueñan, trabajan y luchan por una sociedad mejor. El mayor deseo de esta comunidad es bendecir a un país al que amamos profundamente y nuestro principal deseo, como lo decía Lutero, es que triunfe la Verdad, que la Libertad y la Justicia constituyan los pilares de nuestra Nación,” afirmó Amarilla con buena presencia de integrantes de la comunidad evangélica en las barras.

Compartimos el texto completo de Amarilla.

“A 500 años de la Reforma.

El 31 de octubre de 1517, hace 500 años, un monje agustino alemán llamado Martín Lutero clavó en la puerta de la iglesia del castillo de Wittemberg un documento que contenía 95 tesis y que interpeló no sólo a las autoridades de la época sino a toda una cultura dominante.

Con este incidente, que podría haber sido un hecho aislado, menor y pasar desapercibido, se desencadenaron una serie de acontecimientos religiosos, políticos y sociales que tuvieron un gran impacto en la región primero, extendiéndose rápidamente a todo el continente europeo para tener consecuencias después en todo occidente e impactar en la humanidad toda.

Contexto de la Reforma.

Para entender lo que sucedió hace exactamente hace 500 años debemos primero analizar el contexto histórico donde se produjeron los hechos y como fue propicio el escenario para que se produjeran posteriormente los cambios tan radicales que tuvieron lugar.

Después de la caída del imperio romano, la Iglesia se fue convirtiendo en el factor de unificación principal de la sociedad medieval; por otra parte constituía un orden  económico (vinculado a la propiedad de la tierra y a su capacidad recaudadora) pero también un gran  poder espiritual relacionado con el monopolio del dogma y la exclusividad en la interpretación de las Escrituras.

La iglesia como institución y el papa como monarca universal de esa comunidad de fieles estructuraban el orden político medieval. La unidad, la totalidad y la indivisibilidad constituían los tres principios básicos de ese orden.

En ese orden establecido se dan una serie de acontecimientos que sacuden a ese mundo aparentemente estático y generan gran angustia y desorientación de la población europea.

La guerra de los cien años, la Peste Negra y hambrunas frecuentes en varias partes, La guerra de las dos rosas y las guerras Husitas, la creciente amenaza turca que avanzaba por el este del continente y el denominado Cisma de Occidente que dividió a la Iglesia con dos papas con fuertes disputas entre sí.

Los individuos y las sociedades tomaron conciencia de la maldad reinante, se sintieron culpables y pensaron que la causa de todas esas desgracias eran las conductas de la población. Había gran angustia y culpabilidad, pensando que aún iban a venir tiempos peores y se presagiaba un pronto e implacable Juicio Final que terminaría con ese caótico mundo.

La muerte fue el gran tema de la iconografía durante la Edad Media. ”Resuena sin cesar la llamada del “memento mori” durante la vida”. La muerte es el gran personaje de la época representada como un anciano siniestro portador de un reloj de arena.

En aquella época de calamidades pareció más necesario que nunca buscar refugio en la  iconografía religiosa, surgiendo una serie de supersticiones y creencias populares, en muchos casos frutos del sincretismo de influencia de creencias paganas.

Nunca como a finales del siglo XV y principios del siglo XVI se divulgó tanto el culto a los santos, sus reliquias eran objetos de disputas; fueron los protectores de innumerables cofradías y se multiplicaron sus imágenes consideradas así como talismanes.  Se creía que bastaba mirar una estatua o una imagen para evitar la muerte o protegerse de la peste. Parecía que iba a renacer el politeísmo.

El cisma de occidente y otras calamidades avivaron aún más en los fieles la necesidad de creer, y estos se sintieron desligados, poco sostenidos, e incluso abandonados por la Iglesia.

La acumulación de cargos eclesiásticos y el abandono del ministerio parroquial en manos poco preparadas aumentaban la desconfianza y la angustia de los fieles. En las principales iglesias los fieles se hallaban lejos y separados del coro por rejas o por una tribuna elevada, se decía la misa en latín, lengua que muy pocos entendían y que nadie explicaba  a quienes no la comprendían ni nadie los ayudaba a  entender.

El pueblo cristiano iba a la deriva.

La Reforma Protestante primero y después la Contra-reforma católica buscaron -cada una a su manera-  responder a esta necesidad.

Los defectos de la iglesia engendraron una especie de anarquismo cristiano. El ascenso de la burguesía, la aparición del lujo, la afirmación de un cierto sentimiento de nacionalismo crearon un clima de inseguridad y desprestigio de la figura clerical.

El comercio creado en torno a la venta de indulgencias y a otras cuestiones vinculadas con la fe como la exposición de supuestas “reliquias” religiosas fue generando el malestar de muchos fieles que no veían esas cuestiones bases ciertas y sinceras del verdadero evangelio de Jesús.

En algunas rifas se ofrecían indulgencias como premios. El dominio de la fe era asaltado por una oleada de elementos profanos.

En general a fines de la edad media  podía preguntarse si la iglesia que había tenido dos o tres papas al mismo tiempo durante el cisma de occidente y que había quemado personajes tan santos como Juan Huss, Juana de Arco y Savonarola seguía manteniendo la verdad. ¿Debían pasar necesariamente por aquella institución pletórica y cansada el diálogo entre Dios y el hombre y la salvación de las almas? Estas preguntas estallaron en la época de la Reforma, pero el progreso del elemento laico en la sociedad, el florecimiento del individualismo bajo las más variadas formas, la lenta y progresiva degradación del sacerdocio y el consiguiente desprestigio de los sacramentos habían estado madurándola durante mucho tiempo.

En aquellos tiempos de confusión tenían más necesidad que nunca de apoyarse en una autoridad infalible. Pero ¿dónde encontrar esa infalibilidad? La Biblia se convertía en el último recurso, pero también en la Roca que no cedía ante las tempestades humanas.

“no se debe afirmar de Dios nada más de lo que hemos aprendido en las ESCRITURAS”

Las masas no sabían leer pero la clase selecta que dirigía la sociedad sabía leer y se apasionaba cada vez más por la palabra escrita. Esta pasión por la palabra escrita, que es la fuente del humanismo, fue reforzada y difundida gracias al descubrimiento de la imprenta. La aparición del libro impreso produjo una verdadera revolución en relación a las necesidades espirituales de la época. Las traducciones de la Biblia empezaban a divulgarse  y mitigaban la sed que los fieles sentían por las Escrituras. Eso explica el triunfo de la Biblia de Lutero, voluntariamente redactada en un alemán accesible a todos. Se introdujo el método crítico de las ciencias religiosas y colocó las ciencias filológicas por encima de todo magisterio.

La Reforma del s. XVI provocó —a su pesar— una ruptura, pero no en una iglesia impolutamente unida, sino en una que se había mostrado dividida durante décadas en los siglos anteriores y que además ya había perdido alguna región de Europa seguidora de una interpretación de las Escrituras diferente de la propugnada por Roma.

Las vísperas de la Reforma no sólo transcurrieron sobre un deterioro considerable de las estructuras eclesiales sino sobre un panorama de profunda crisis espiritual.

El papel de los humanistas cristianos gozó de una enorme relevancia y sus aportes dejaron todavía más de manifiesto la situación de crisis. Compartían el deseo de regresar a la pureza del Nuevo Testamento, de convertir la Biblia en la norma sobre la que asentar la fe cristiana. Se trataba de un enfoque que encontramos, por ejemplo, en Erasmo de Rotterdam, el humanista con más peso de la época. De hecho, su texto del Nuevo Testamento en griego constituyó un verdadero hito histórico, filológico y espiritual que no sólo sirvió unos años después como base para la traducción del texto fundamental del cristianismo a distintas lenguas vernáculas sino que además permitió analizar las raíces de la fe cristiana.  Sin embargo, los humanistas descubrieron, en términos generales, que lo que aparecía recogido en las páginas del Nuevo Testamento era mucho más sencillo —y más profundo— que la realidad espiritual que los rodeaba. Incluso podría decirse que, en no pocos casos, se apreciaban contradicciones de cierto peso.

Así el humanismo preparó la Reforma en dos sentidos: contribuyó a este retorno de la Biblia, que era una aspiración de la época, e insistió en la religión interior desvalorizando la jerarquía.

Tal vez el moralismo pudiera convenir a algunas almas selectas y apaciguara eruditos pero no bastaba a las masas que tenían una aguda conciencia de pecado y que sin embargo se veían incapaces de redimirse. Los acongojados cristianos del siglo XVI  TENÍAN SOBRE TODO LA NECESIDAD DE UNA FE.

En suma la Reforma se da en medio de una profunda crisis espiritual que afectaba desde el papado a los sacerdotes pasando por los prelados y que podía ser criticada, pero no paliada por los humanistas; el pueblo llano se encontraba atormentado y confuso y además carente de educación; no se gozaba del ejercicio de la Libertad en su más amplia concepción. No existía ni libertad política, ni de conciencia, ni social ni económica. Una sociedad sin oportunidades de progreso o desarrollo donde, para las mayorías, reinaba la oscuridad, el temor y el estancamiento.

Gerardo Amarilla2Experiencia de Martín Lutero.

Martín Lutero nació el 10 de noviembre de 1483 y sus padres eran Hans Lutero y Margaret Lindemann. Ambos procedían de Mohra, una localidad situada en el límite con el bosque de Turingia. De hecho, el propio Lutero se definió como «un sajón duro» de ascendencia campesina.

En abril de 1501, Lutero se matriculó en la facultad de artes de la universidad de Erfurt.  Se trataba de una de las instituciones universitarias más antiguas de Alemania (1397) y tenía fama como lugar donde se dispensaba el studium generale.

Lo que se esperaba del estudiante era que convirtiera sus estudios superiores en una llave para abrir puertas que le permitieran ascender socialmente.  Visto desde esa perspectiva, la elección de la facultad de Derecho por parte de Hans Lutero resultaba obligada.  Sin embargo, Martín anunció que pensaba entrar en el monasterio agustino de Erfurt.

A diferencia de otros monjes y sacerdotes, Lutero distó mucho de ser un clérigo corriente.  Por el contrario, desde el inicio de su carrera eclesiástica sus superiores consideraron que debía ser encaminado por la senda de la erudición.

Tras pasar por Colonia (1483), Leipzig (1485) y Tubinga (1497), se había doctorado en 1500, siendo su inclinación teológica marcadamente agustiniana.

Poco después emprendió con entusiasmo un viaje a Roma para cumplir con determinados encargos de su orden sacerdotal.

A finales de 1510, junto con otro monje partió con la intención de cruzar los Alpes – una empresa ardua en esa época del año – y descender a la llanura lombarda.  El itinerario no fue fácil.  Sin embargo,  cuando contempló Roma a lo lejos, el joven Martín se lanzó al suelo y la saludó con un “Salve, santa Roma”.

Los dos agustinos cumplieron con su misión de comunicar sus puntos de vista a las autoridades eclesiásticas y, a continuación, realizaron la visita esperada a iglesias y catacumbas.  La experiencia defraudó profundamente a Martín. La ciudad no parecía destacar precisamente por su piedad sino más bien por su materialismo y depravación moral.

El 19 de octubre de 1512, Lutero se graduó como doctor en teología.  Se trataba de la consagración pública de una vocación que debía centrarse en la defensa de la Palabra de Dios y en la lucha contra las doctrinas erróneas.  Aquella vocación – formalmente asumida a los veintiocho años de edad – iba a pesar de manera determinante sobre el resto de la vida de Lutero y, de hecho, el personaje resulta incomprensible si no tenemos presente que fue, siempre y de manera esencial, un profesor de teología.   A decir verdad, le esperaba una profunda crisis que encontraría respuesta precisamente a partir del conocimiento teológico de que disponía Lutero.

A pesar de su entrega y dedicación, Lutero no encontró la paz espiritual en la vida monástica.  Por el contrario, su sensibilidad espiritual le conduciría por un camino muy diferente. El ambiente que Lutero encontró en el convento constituía una acentuación del espíritu católico de la Baja Edad Media que se resumía en un énfasis extraordinario en lo efímero de la vida presente y en la necesidad de prepararse para el Juicio de Dios del que podía depender el castigo eterno en el infierno o, aún para aquellos que fueran salvos, los tormentos prolongadísimos del Purgatorio.

En esa etapa de estudios y meditación, Lutero formuló las preguntas correctas – ¿cómo puedo salvarme siendo Dios justo y yo injusto? – y recibió las respuestas correctas.  La contestación la encontró en la Biblia leyendo el inicio de la carta a los Romanos donde el apóstol Pablo afirma que “en el Evangelio, la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: mas el justo vivirá por la fe” (Romanos 1, 17)

El descubrimiento de esa doctrina provocó en Lutero un cambio esencial, una conversión, que recuerda por su conexión con la carta a los Romanos a la experimentada por Agustín de Hipona antes o por John Wesley después.

Este episodio, denominado convencionalmente como “Experiencia de la torre”, ya que se supone que tuvo lugar encontrándose en el citado lugar vino preparado por la búsqueda y el estudio de años, pero, muy posiblemente, fue como un resplandor repentino, como una iluminación inmediata, como un fogonazo que arrojó luz sobre toda su vida.  Según la descripción del propio Lutero, semejante experiencia lo liberó de la ansiedad, del temor y del pecado y lo llenó de paz y de sosiego, unas circunstancias comunes en las experiencias de conversión.

LAS 95 TESIS

En plena promoción de la “venta” de indulgencias, por las que las personas compraban perdón y redimían pecados propios, de familiares vivos e incluso ya fallecidos, Lutero se ve requerido por varios devotos honestos que le consultan sobre la corrección o no de esta práctica.

Lutero como buen académico, intenta difundir su visión sobre las indulgencias y con las tesis colgadas en una puerta, esperaba promover un sano y franco debate al día siguientes, cuando se celebraba el Día de Todos los Santos.

Su intención como lo dice en el acápite de las Tesis es “Por amor a la verdad y el deseo (anhelo) de hacerla triunfar”.

Jamás se imaginó que ese documento fuera a generar los que se desencadenó en hechos.

El texto de las tesis, por sentido común y además con base en las escrituras sagradas interpelaba cualquier intento por comercializar monetariamente cosas sagradas como la salvación o el perdón.

El documento contenía algunas verdades que volvían inconsistentes y por ende rechazaban algunas prácticas y orientaciones de la jerarquía. Y en ese sentido la tesis número 62 es más que elocuente cuando afirma que “el tesoro verdadero de la Iglesia consiste en el evangelio de la Gloria y de la Gracia de Dios.”

Las Tesis sobre las indulgencias redactadas por Lutero no eran ni un texto revolucionario, ni irrespetuoso.

No pasaban de ser un escrito académico impulsado por razones de carácter pastoral.  Sin embargo, la reacción que provocaron fue extraordinaria.  Las tesis de Lutero fueron inmediatamente impresas y traducidas al alemán.  Al cabo de unas semanas, habían experimentado varias reediciones y se habían difundido por toda Alemania.

La reacción no se hizo esperar y sobre todo con mayor virulencia de aquellos sectores que se beneficiaban directamente de estas ventas de indulgencias.

Al negarse al debate académico que planteaban las Tesis de Lutero, el caso dio un nuevo giro.  Lo que era una invitación al debate público había provocado la alarma entre los beneficiarios de la predicación de las indulgencias y una de las partes interesadas había optado por un arma privilegiada, la de acusar de hereje a la persona que cuestionaba su comportamiento.

Ahí comienzan los cuestionamientos y las disputas entre las diferentes jerarquías tanto civiles como clericales y dentro de éstas con diversas posiciones e intereses.

Se generaron algunas instancias para que Lutero compareciera ante jerarquías de la Iglesia a retractarse y saldar la diferencia con Roma. Para ese momento las tesis de Lutero y sus posiciones confrontativas con las prácticas reñidas con la verdad de las escrituras, ya eran de amplia difusión en Alemania y contaban con el apoyo y simpatía de clérigos, gobernantes y de mucha masa popular.

Ante la invitación a retractarse Lutero responde que no tiene inconvenientes “siempre que se convenza de lo contrario a la luz de las escrituras”.

Claramente Lutero estaba adoptando una posición que por defender sus convicciones de exponía precipitadamente a una condena y muerte segura.

En el juicio de Worms Lutero se enfrenta tanto al poder del Papa como al Emperador, decididos a lograr su retractación o su condena a muerte.

Allí el monje dice su famosa frase en la que valientemente expresa frente a la Dieta “: a menos que se me persuada por testimonios de las Escrituras o por razonamientos evidentes, porque no me bastan únicamente las afirmaciones de los papas y de los concilios, puesto que han errado y se han contradicho a menudo, me siento vinculado con los textos escriturísticos que he citado y mi conciencia continua cautiva de las palabras de Dios.  Ni puedo ni quiero retractarme de nada, porque no es ni seguro ni honrado actuar en contra de la propia conciencia”

En ese momento, abrumado por la emoción, Lutero cambió el latín en que se había expresado por su alemán materno y exclamó:  “No puedo más.  Haced de mi lo que deseéis.  ¡Que Dios me ayude!”.

´Hay una sentencia contraria a Lutero por parte del Emperador, se lo excomulga y se lo declara Proscrito. Temiendo por su vida, algunos amigos influyentes le brindaron protección y permiten que las ideas lanzadas por Lutero así como la traducción de los textos bíblicos al alemán vulgar, como reguero de pólvora llegaran a toda Alemania y cruzaran fronteras a varios países de Europa.

Zuinglio en Suiza, Juan Calvino en Francia, los reformadores en Inglaterra, Escocia y las monarquías escandinavas abrazan los postulados de la Reforma, con aportes y particularidades en cada lugar, van abriendo un nuevo tiempo para la fe de los pueblos, que los libera, que los ilumina, que impacta no sólo en la vida religiosa sino en el ámbito social, cultural y económico de toda una civilización.

Gerardo Amarilla4Si tuviéramos que resumir el legado espiritual de Lutero y la Reforma a la cristiandad debemos simplemente hacer referencia a los cinco pilares, las llamadas cinco solas.

Sola Scriptura (Sola Escritura)

Con la consigna¡Devolved la Biblia al pueblo! deberíamos decir que el primero de esos pilares fue el regreso a la Biblia como fuente única de revelación para los cristianos.

Sola Fide (Sola Fe)

El apóstol Pablo lo dice con obvia elocuencia: que “el evangelio… es poder de Dios para salvación para todo aquel que cree; para el judío, en primer lugar, pero también para el griego.   Porque en él la justicia de Dios se manifiesta de fe en fe; como está escrito: pero el justo vivirá por la fe.   Y Erasmo comentando este pasaje expresa que «ahora nosotros hemos sido justificados – y esto no es por la ley mosaica ni por el mérito de nuestras propias obras, sino según el ejemplo de nuestro padre Abraham, como resultado de nuestra fe»  (Romanos 1, 16b-17)

Sola Gratia (Sola Gracia)

Si el primer grito de la Reforma podía definirse como “¡Devolved la Biblia al pueblo!”, el segundo sería “¡Devolved el Evangelio al pueblo!”.  La entrada del paganismo en el cristianismo ya antigua, pero determinante a partir del siglo IV, tuvo, entre otras consecuencias, la de precipitar una perversión del mensaje de salvación contenido en la Biblia sustituyendo la salvación por gracia por una visión impregnada por el paganismo.  Y el mensaje volvía a su sencillez inicial: es solo por Gracia. Es decir la salvación es un don del Creador, resumido en el pasaje muy conocido del libro de Juan que dice “ Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

Solo Christo (Solo Cristo)

La Reforma no se limitó, sin embargo, a devolver a Cristo su función de único mediador en el seno del pueblo de Dios.  En realidad, debe decirse que regresó a algo tan elemental como proclamar que el cristianismo era Cristo y que tenía a éste como su centro.

Soli Deo Gloria (La Gloria solo para Dios)

Que la salvación sólo se realiza por Su voluntad y acción.

Legado Cultural

Si el Legado Espiritual de la Reforma es importante, el Legado Cultural lo es mucho más, ya que lo consideramos el fruto del primero y que impacta a toda la sociedad.

La reforma impacta en el mundo del trabajo. El TRABAJO como para el creador, una tarea sagrada por más humilde que sea, era dignificador del ser humano. No hay más diferencia entre trabajo santo y secular. Todo el trabajo adquiere relevancia para el ser humano, una nueva cultura del trabajo.

La sociedad clásica grecorromana y, con posterioridad, la germánica habían contemplado con desprecio el trabajo que no fuera religioso o bélico considerándolo labor de esclavos y siervos.   Pero incluso entre los trabajos seculares había grados de desprecio.  La Reforma cambió de forma radical una visión así al regresar a lo que enseñaba la Biblia.

En el mundo de las FINANZAS también tuvo su impacto y eso constituyó además de un factor determinante para el desarrollo del capitalismo.

El papel del protestantismo en el desarrollo del capitalismo ha sido un tema de discusión constante desde el año 1905 en que Max Weber publicó La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

Calvino señaló que « nosotros intentamos no adquirir nada que no sea una ganancia honrada y legal, cuando no ansíamos enriquecernos por la injusticia ni saquear los bienes de nuestro prójimo… cuando no nos apresuramos a acumular riqueza arrancada cruelmente de la sangre de otros…. Por otro lado, que sea nuestra constante meta otorgar nuestro consejo y ayuda a todos para asistirlos en retener su propiedad » .

Aunque también condenaban el afán de lucro y la codicia, no estaba mal visto el espíritu emprendedor y el acumular riquezas, siempre que fueran usadas para un buen fin.

La EDUCACIÓN tuvo un cambio radical a partir de una visión Bíblica que estaba destinada a democratizar la educación y constituirla como una herramienta de movilidad social.

Las consecuencias de esa circunstancia fueron extraordinarias siquiera porque la Reforma deseaba sobrevivir y además expandirse y ninguna de esas metas era alcanzable sin extender la alfabetización. Así, en 21 de mayo de 1536 se estableció la primera escuela pública y obligatoria de la Historia. El lugar era la protestante Ginebra. No fue una excepción. La Primera confesión escocesa de 1547 establecía una reforma de la educación que se extendía obligatoriamente para que en los medios rurales se enseñara a los niños en escuelas adjuntas a las iglesias; en las ciudades con superintendentes se abrieran escuelas y universidades con un personal debidamente capacitado y pagado.

El 5 de junio de 1559 marcó un hito en la Historia universal de la educación.  Desde hacía dos siglos, los ginebrinos habían intentado establecer infructuosamente una universidad en su municipio.  Semejante situación cambió radicalmente gracias a la intervención directa de Juan Calvino que no sólo siguió impulsando la enseñanza primaria gratuita y obligatoria sino que además añadió a ésta la universitaria. En 1564, a la muerte de Calvino, había mil doscientos estudiantes en esa universidad gratuita.

Que la Reforma del siglo XVI fue la clave para entender la REVOLUCIÓN CIENTÍFICA es una verdad histórica admitida en todas las áreas. La ha subrayado el historiador de la ciencia Thomas Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas ; insistieron en ella filósofos como Whitehead y Schaeffer.

La razón de que así fuera resultaba obvia. Una vez más se encontraba en el regreso a la Biblia como ha vuelto a recordar en una monografía extraordinaria – La Biblia y la emergente Ciencia Moderna de Peter Harrison. El retorno a la Biblia permitió recuperar las insistentes referencias de Salomón para estudiar la Naturaleza; los repetidas llamados de los Salmos y los profetas para observar el cosmos y, sobre todo, el mandato recogido en el primer libro del Génesis de dominar y conocer la Creación.

Ese retorno a las enseñanzas de la Biblia por encima de otras autoridades permitió a la Europa de la Reforma emanciparse del Escolasticismo medieval – que ya había dado todo lo que podía – y, sobre todo, contemplar la Naturaleza como un objeto de dominio y conocimiento al que no se aplicaban las leyes de la teología sino las de una ciencia propia. Como ha señalado certeramente R. Hooykaas, “las ciencias modernas crecieron cuando las consecuencias de la concepción bíblica de la realidad fueron plenamente aceptadas. En los siglos XVI y XVII la ciencia fue extraída del callejón sin salida en que se había metido gracias a la filosofía de la Antigüedad y de la Edad Media. Se abrieron nuevos horizontes”.

En este ámbito resulta de suma importancia analizar el impacto de la reforma en el sistema político a través de  la visión Bíblica  de la SUPREMACÍA DE LA LEY, DEL SERVICIO PÚBLICO y DE LA SEPARACIÓN DE PODERES.

En la Europa reformada, el desarrollo fue bien diferente. De entrada, la ley quedó situada por encima de las personas y de las instituciones.

Para Calvino, era obvio que la ley –en este caso, la Biblia– tenía primacía y, por lo tanto, si una persona o institución se apartaba de ella carecía de legitimidad.

Ya no se toleraría más que un emperador, rey o papa pudiera actuar en contra de las normas o reglas sino que comienza a formar parte de la cultura dominante los países reformados el concepto de la “primacía de la ley”, la actuación reglada de las autoridades y en conclusión el concepto del Estado de Derecho.

Calvino señaló dos aspectos de enorme relevancia.  El primero era la necesidad de que el gobierno estuviera limitado para evitar sus peligros y el segundo que además el rey estaba sometido a una soberanía superior.  Según Calvino, « hay límites prescritos por Dios para el poder (de los reyes), dentro de los cuales han de sentirse satisfechos : concretamente, trabajar por el bien común y gobernar y dirigir al pueblo en la equidad y la justicia más verdaderas; no  para hincharse con su propia importancia sino para recordar que ellos también son súbditos de Dios ».   Calvino afirmaba que Dios había establecido a los magistrados « para la utilidad del pueblo y el beneficio de la república ».

Comentando el pasaje de Deuteronomio 1 : 14-16 sobre la elección de los jueces, Calvino escribió :  « Aquí aparece muy claramente que aquellos que iban a presidir en juicio no fueron designados sólo por la voluntad de Moisés, sino elegidos por los votos del pueblo.  Y ésta es la más deseable clase de libertad, que no deberíamos ser compelidos a obedecer a toda persona que pueda ser colocada tiránicamente sobre nuestras cabezas, sino a la que surge de una elección, de tal manera que nadie debería regir a menos que fuera aprobado por nosotros.

Ese ideal republicano defendido por Calvino sobre la base de las Escrituras implicaba además denunciar aquella conducta opresora de los magistrados «que toman parte en el saqueo para enriquecerse a costa de los pobres ».

En Holanda se optó directamente por una república con libertad de culto donde, por ejemplo, se otorgó asilo a los judíos que habían sido expulsados de España en 1492. En las naciones escandinavas se asistió al nacimiento de un parlamentarismo creciente. En Inglaterra, en la primera mitad del siglo XVII, un ejército del Parlamento formado fundamentalmente por puritanos se alzó contra Carlos I con la única intención de consagrar el respeto a derechos como el de libertad de culto, de expresión o de representación y de propiedad privada.

Como señalara el estadista inglés sir James Stephen, el calvinismo político se resumía en cuatro puntos: 1. La voluntad popular era una fuente legítima de poder de los gobernantes; 2.  Ese poder podía ser delegado en representantes mediante un sistema electivo; 3. En el sistema eclesial clérigos y laicos debían disfrutar de una autoridad igual aunque coordinada y 4. Entre la iglesia y el estado no debía existir ni alianza ni mutua dependencia. Sin duda, se trataba de principios que, actualmente, son de reconocimiento prácticamente general en occidente, pero que en el siglo XVI distaban mucho de ser aceptados de manera amplia.

Esa influencia calvinista y la fuerte gravitación de los puritanos en las colonias británicas de América, fue relevante no sólo para declarar la independencia sino para consagrar la Constitución de los Estados Unidos. Un un documento de unas características realmente excepcionales y que constituye el primer texto que consagra un sistema de gobierno de carácter democrático.

También en la concepción moderna de las POLÍTICAS SOCIALES encontramos la huella dejada por la Reforma.

El concepto de “Compasión” por el necesitado y la corrección de no permitir caer en un asistencialismo, motivó el desarrollo de políticas sociales sustentables que permitieran a los más desposeídos salir de la pobreza.

La obra social de los cuáqueros – esencial para comprender, entre otros fenómenos, la emancipación de los esclavos negros y decisiva para conseguirla – las primeras leyes sociales aprobadas de manera claramente significativa en naciones donde había triunfado la Reforma – el Ejército de Salvación o la Cruz Roja son sólo algunas de las muestras del espíritu a la vez compasivo, realista y práctico – en otras palabras, bíblico – que caracterizó a la Reforma

El rol de la MUJER en la sociedad tuvo un cambio sustancial en la Reforma. Siguiendo el ejemplo de Jesús que asombró a su tiempo por la importancia que le otorgó al papel de la mujer, desterrando en su ejemplo de vida cualquier tipo de discriminación, los reformadores marcaron un retorno a esa visión bíblica y trascendente de la mujer para la sociedad.

Como lo dice César Vidal en su libro “El Legado de la Reforma “La minusvalorada ama de casa – todavía a día de hoy – fue elevada por la Reforma al lugar de honor del que había sido arrojada, un lugar muy superior al de esa creación artificial de la Edad Media que es el monacato.  El mismo Lutero quiso dar ejemplo de esa concepción que la Reforma recuperaba contrayendo matrimonio.  Catalina de Bora, su esposa, sería objeto de líneas encendidas de amor, respeto y delicadeza estableciendo ejemplo de la manera en que la mujer era revalorizada por la Reforma”

En el ARTE  también surgió una nueva visión e impacto por la Reforma.

Rembrant o Vermeer reflejaron, una sociedad en la que el ser humano corriente no sólo había adquirido relevancia – la que no tenía bajo ningún concepto hasta ese momento – sino que además protagonizaba cambios sociales de enorme importancia.

La Reforma devolvía su dignidad a todos los seres humanos sin excepción y además los colocaba en el centro de la expresión pictórica no como derivados de la actividad aristocrática o regia sino como protagonistas de pleno derecho.  .

Aunque la Reforma dejó huella significativa en la pintura  y en las otras artes plásticas, su peso mayor se produjo en el terreno de la MÚSICA una vez más guiada por la Biblia y sus referencias a instrumentos y coros.

La música para honrar a Dios había sido devuelta al pueblo y el pueblo la recibía con entusiasmo.

Como llegaría a decir Igor Stravinsky, “la música clásica tocó techo con el coral protestante”.  Se puede matizar o negar semejante afirmación, pero lo cierto es que nunca antes y nunca después experimentó la música un impulso semejante.  Para cuando Juan Sebastian Bach, el músico protestante por excelencia, comenzó a componer ya existían más de cinco mil corales de inspiración reformada.

Jorge Federico Haendel – que popularizó la música de la misma manera que Rembrandt lo hizo con la pintura – dejaría extraordinarios oratorios de los que El Mesías es el más conocido, pero no el único y probablemente tampoco el mejor.

Felix Mendelssohn – de origen judío, pero protestante – fue uno de los compositores más extraordinarios del período romántico al igual que Haendel lo había sido del Barroco y, por supuesto, no dejó de rendir homenaje a la Reforma.

También en la LITERATURA la Reforma tuvo su impacto.  No se trata sólo de que la traducción de la Biblia de Lutero o del Rey Jaime dieron forma definitiva al alemán y al inglés respectivamente.  Es que la literatura pasa a la modernidad de la mano de autores reformados.

En Inglaterra, Shakespeare utilizó como versión de la Biblia la traducción de Ginebra y al mismo tiempo, El Paraíso perdido de Milton y El Progreso del peregrino de Bunyan señalan la madurez de un lenguaje literario empapado del conocimiento de las Escrituras.

Será también un protestante francés, Pierre Bayle, el que inaugure toda una corriente de pensamiento que acabará derivando en el siglo de las Luces.

No deja de ser significativo que, incluso en personajes ya secularizados, se perciba la herencia de la Reforma.  Así, Jean-Jacques Rousseau – que estuvo a punto de ser pastor – Benjamin Constant o François Guizot continuarán durante los siglos XVIII y XIX esa misma impronta reformada que en el siglo XIX tendrá contribuciones como las de Pierre Loti, Jacques Chardonne, André Gide, Roland Barthes o Paul Ricoeur.

Muchos y, a la vez, pocos ejemplos si se comparan con los existentes en Estados Unidos.  De Jonathan Edwards a John Updike pasando por Harper Lee o Pearl S. Buck e incluso John Grisham, resulta prácticamente imposible moverse por la literatura estadounidense sin reconocer la influencia de la Reforma.

LA REFORMA EN URUGUAY

Si llegamos a nuestro país también tenemos que marcar algunos hitos de la presencia de hijos y nietos de la Reforma que realizaron aportes desde el inicio mismo de nuestra Patria.

En 1821 llega nuestras costas Diego Thompson que tiene una entrevista con Dámaso Antonio Larrañaga y le presenta un plan piloto que rápidamente se pone en práctica para alcanzar con la educación gratuita a los más humildes a través del método Lancasteriano.

Luego llegan las iglesias tìpicas de inmigración, con los anglicanos primero como la expansión del comercio inglés, los valdenses que venían escapando de las persecuciones desde el sur de Francia y el norte de Italia, los luteranos que llegaron y tenían sus servicios en alemán.

Más adelante con los metodistas llegan las primeras iglesias de misión para extender su predicamento en la población local.

Samuel Laffone, además de su labor emprendedora en el ámbito comercial, industrial y financiero, también funda la Sociedad Bíblica de Montevideo y colabora con la construcciòn del Templo Inglés.

En un censo de 1890 se constata que sólo en Montevideo los protestantes llegaban a 10.982 personas y esa cifra se incrementa con la llegada de corrientes migratorias de diversos lugares de Europa al comenzar el Siglo XX.

Esos primeros evangélicos fueron activistas decididos en el reclamo de la separación de la Iglesia del Estado y de la promoción de la libertad de cultos en los debates de principios de siglo en el Ateneo de Montevideo que luego se consagra en la Constituciòn de 1917.

Se instalan también en esta primera etapa el Ejército de Salvación, los Bautistas, Hermanos Libres y la Iglesia Evangélica Armenia.

la fundación del Instituto Crandon fue un aporte significativo que apuntó a una muy buena calidad de educación con valores desde el cristianismo protestante.

Ya en la segunda mitad del Siglo XX llegan más congregaciones luteranas, los Nazarenos, la Misión Evangélica, los pentecostales, la Asamblea de Dios misión sueca y las Asambleas de Dios misión norteamericana, la Iglesia de Dios, los Menonitas alemanes y la congregación Saaron desde Italia, la Alianza Cristiana y Misionera y el Movimiento de Misiones Mundiales.

Al finalizar el siglo XX las iglesias evangélicas y misiones se multiplican y se realizan grandes campañas y concentraciones que reflejan un despertar espiritual en nuestra sociedad.

Como lo recoge Pedro Lapadjian en su libro “Huellas de una Iglesia”  citando a Andrés Miranda en el diario El Puente:

“Las Iglesias Evangélicas han fundado escuelas, colegios, asilos, hogares infantiles, comedores, etc. Los evangélicos han estado desde siempre cerca de los sectores carenciados de la sociedad, han trabajado en las cárceles y orfanatos. Han fundado el Hospital Evangélico. Su acción ha apuntado también a ayudar a los enfermos, los alcohólicos y drogadictos.

Con su doctrina y filosofía asentada en la Biblia, los evangélicos han hecho otra tarea, que por pasar inadvertida, no deja de ser trascendente. Se trata de toda la ayuda prestada a personas y familias enteras a lograr encontrar el sentido de la vida. Miles de personas han encontrado en las Iglesias Evangélicas el propósito para sus vidas, buenas razones para vivir. Han podido encontrar a la luz del evangelio su propia identidad, el equilibrio espiritual y la paz mental”.

En suma, somos parte del pueblo uruguayo, algunas encuestas hablan del 9% otras del 15%, lo cierto es que en las iglesias evangélicas uruguayas, hijas de esa Reforma que celebramos y homenajeamos en el día de hoy, hay miles de uruguayos que sueñan, trabajan y luchan por una sociedad mejor. El mayor deseo de esta comunidad es bendecir a un país al que amamos profundamente y nuestro principal deseo, como lo decía Lutero, es que triunfe la Verdad, que la Libertad y la Justicia constituyan los pilares de nuestra Nación.

Que Dios bendiga a nuestra Patria”.

Deja un comentario

*