El pasado sábado 24 de junio asumió como obispo de la Diócesis de Salto monseñor Pablo Galimberti. Aseguró que mantendrá contacto permanente con las diferentes congregaciones, dedicando también un tiempo a la reflexión.

«Vengo de la diócesis de San José y soy presidente de la Conferencia Episcopal. Soy nacido en Montevideo, con mucha experiencia desde la perspectiva de San José al Uruguay interior», comenzó diciendo Monseñor Galimberti, quien agregó que las expectativas son «ubicarme en esta zona particularmente rica en diversos aspectos. Una zona con una memoria que plantea desde nombres la cultura guaraní. Lo percibí claramente ayer viajando a Paysandú. Todos estos nombres, Arapey, Queguay, Daymán, nos hablan de resonancia, de memorias de una cultura guaraní misionera, evangelizada, bautizada por los jesuitas, los franciscanos. En segundo lugar es una tierra artiguista, creo que es un dato fundamental en momentos de amenazas, de fracturas, de divisiones, de puentes que se interrumpen, donde el horizonte artiguista hace que nos planteemos una integración en el continente americano».

«En tercer lugar es una iglesia riquísima, fundada hace más de cien años con obispos como Camacho, Viola, Mendiaharat, Nicolini, Daniel Gil, Bodeant, y ahora me toca a mí», destacó, aclarando que toma «esta antorcha propia de la iglesia, para alimentarla con los datos de la realidad actual, del hoy, del presente histórico del país. Desafíos, amplitud, estilos, medios de comunicación que cooperan en la extensión del mensaje del evangelio; interpelaciones que la cultura plantea hoy con agudeza y con complejidad, datos de la realidad sobre la familia».

LA IMPORTANCIA DE LA PRENSA

Galimberti insistió en el contacto cercano con los medios de prensa, habida cuenta que en muchos casos es el único mecanismo que permite a la población acceder al mensaje evangelizador. Hasta fin de año ocupará el cargo de presidente de la Conferencia Episcopal, en el seno de la cual se está estudiando elevar el rango de la diócesis de Salto a arquidiócesis.

«Son varios los temas que nos preocupan, en primer lugar la vida. Los otros derechos, como el de tener aire limpio, está bien, lo aplaudo, pero si me han cortado el derecho a la vida, ¿de qué sirve?», reflexionó.

«Debemos defenderlo, apuntalarlo, no tergiversarlo, no ponerle otros nombres como interrupción; hay que decir las cosas como son. No al aborto y eso lo puede defender aún el ateo, el agnóstico», enfatizó el obispo.

En segundo lugar, resaltó como preocupación fundamental la familia; «si la fragilidad de la misma se sigue considerando un valor secundario, decae la sociedad porque tenemos que seguir alimentando a niños que vienen al mundo buscándoles sustitutos, instituciones, y esta institucionalización es un gran aporte pero es siempre secundario».

«En tercer lugar, nos preocupa el trabajo. Sin trabajo no hay familia estable», aclaró, para agregar que los políticos, los economistas, los educadores, tienen que orientar y transmitir valores porque caso contrario «la sociedad es solamente una convivencia feroz».