25 Abr '08

Sociedad Uruguaya

Majfud: El imperio de los falsos dilemas Providas y proabortos

En
esta ocasión compartimos el artículo de Jorge Majfud titulado «El imperio de
los falsos dilemas Providas y proabortos».

«Una
costumbre del pensamiento de las últimas décadas consiste en rechazar todo lo
que proviene del análisis estructuralista, como la idea de que el mismo pensamiento
tiende a organizarse en pares de opuestos. No podemos negar que la crítica debe
considerar que estos pares -como blanco/negro, inteligencia/sensibilidad,
civilización/barbarie- son construcciones ideológicamente interesadas o con una
específica función social. Sin embargo estos pares existen y además son útiles
en el mismo análisis.

Por
ejemplo, si bien es una simplificación hablar, como fue común en el pensamiento
poscolonialista, de opresor/oprimido, no hay pruebas ni argumentos que nieguen
la existencia de grupos humanos que se benefician o creen beneficiarse de su
dominación sobre otros grupos, sea de género, de raza, de clase o simplemente
de intereses diversos. Paradójicamente, quienes niegan esta dicotomía suelen
ser ideólogos del neoliberalismo o «pragmáticos gerentes» que están a favor de
la ley darwiniana en los negocios y, por extensión, en la vida de las personas
y de los países. Por competitividad
no se refieren, precisamente, a cooperación,
sino simplemente a «supresión de la competencia».

Es
decir, la construcción de las dicotomías, de dilemas estratégicos, no sólo
existe de hecho y puede ser un instrumento consciente de análisis para
desenmascarar una relación inconsciente de dominación sino, sobre todo, sirve
para su contrario: la construcción de falsos dilemas -o dilemas arbitrarios- es
el arma fundamental de la política y también de las campañas ideológicas a
largo plazo y a gran escala.

Pongamos
a elegir entre hormigas, gansos, tigres y gaviotas y el electorado, tarde o
temprano se dividirá entre partidarios de tigres y hormigas, o de gansos y
gaviotas hasta que un cinco por ciento de diferencia determine el triunfo de
los tigres o de los gansos y con ellos la mitad de la especie zoológica que los
apoyaron previamente en el dilema. Esto no quiere decir que hoy en día tengamos
un sistema mejor para organizar y distribuir el poder político y social de una
comunidad, sino que la historia electoral induce a pensar que esa es la
mecánica más común de la democracia representativa: al división en dos, el partido
(en dos), más allá de si los intereses son múltiples. Pero como el humanismo
asume una progresión posible de la historia al mismo tiempo que una igualación
a través de la diversidad de sus partes, podemos pensar que ese mecanismo no es
fatal ni inevitable sino sólo un necesario paso de transición hacia algo mejor.

Ahora,
los ejemplos del abuso del recurso del falso dilema con el fin de una
dominación absoluta a través de ese cinco por ciento relativo, son incontables.
Como el recurrente falso dilema de «Están con Nosotros o Están Contra Nosotros».
Además de arrogante es falso porque traza una línea en un espacio bidimensional
que impide elegir entre otras opciones: ustedes o nosotros, izquierda o
derecha, sin atrás ni adelante, sin arriba ni abajo o al costado. Es más fácil
y complaciente ver el mundo como un tablero de ajedrez que con la inabarcable
complejidad de todos sus colores.

Falsos
dilemas más sutiles -propios de talk
shows
y «debates en vivo»- se construyen cuando formulamos preguntas
socráticas del siguiente tipo: «¿un sospechoso tiene derecho a no ser torturado
o es lícita esta práctica para sacarle información y así salvaguardar la
seguridad de un grupo social X?» La última cláusula de la segunda opción ya es
tendenciosa. Pero aún olvidando esto, observemos que la misma pregunta asume
que hay un dilema, A o B. Como está presentado en un escenario dramático y de
lucha dialéctica, no deja otra opción a quien responde que elegir entre A o B.
Casi siempre por pasión, quien responde elige rápidamente y dedica el resto de
sus energías intelectuales a argumentar sobre la razón de su elección. De esta
forma se eliminan las otras variables de la ecuación. Es decir, ¿por qué
debemos elegir entre A o B si desde el principio la pregunta está viciada de
ilegitimidad? Por ejemplo, ¿qué seguridad puede tener el grupo social X si
cualquiera puede ser privado de su seguridad personal debido a una sospecha?;
¿por qué un sospechoso debe ser encarcelado?; ya que la sospecha suele depender
más de quien sospecha que del sospechado, y en estos términos fácilmente un
sospechador profesional puede encontrar que, salvo él mismo, el resto de la
raza humana es objeto de sospecha, entonces ¿por qué ese sospechoso y no un millar o un millón de otros más?; etc.

Avancemos
otro ejemplo, con un tono diferente. Personalmente estoy a favor del aborto sólo
en circunstancias muy especiales, como cuando la madre corre riesgo de vida o
el feto viene con graves malformaciones. Aún así no estoy libre de dudas sobre
el valor moral de esta afirmación, ya que cuando debí enfrentarme a esta duda
crítica en mi vida concreta, irracionalmente me negué a considerar la
posibilidad de considerarlo. La sola palabra aborto me golpea como un crimen del que no sería capaz. Pero esta
posición personal no es parte fundamental de un análisis más general: mis emociones
y mis opciones personales no tienen por qué ser modelo para las opciones
ajenas. Lo menciono porque los lectores suelen buscar siempre la posición del
escritor para atacarlo o defenderlo a rajatabla, aún sin terminar de leer un
ensayo completamente, por breve que sea. Es parte de la difundida obligación
que solemos imponernos de tomar partido y es parte de la cultura de la
velocidad y la inmediatez de nuestro mundo digital y consumista.

Según
varios grupos religiosos, no importa si la vida de la madre está en peligro o
si el feto viene con graves deficiencias. En ambos casos se trata de la decisión
de Dios, por lo cual no se debe hacer nada. No aplican el mismo argumento
cuando deciden operarse del corazón para corregir un error de nacimiento, cuando
defienden la pena de muerte para un delincuente o cuando apoyan que se arroje
una bomba sobre una plaza llena de gente que parece que estaba ahí porque Dios
lo había permitido así. Es decir, a veces hay que ayudar a Dios a hacer su
propia voluntad. Cuando el huracán Katrina golpeó New Orleans, muchos grupos
dijeron que había sido la voluntad de Dios, ya que se trataba de una ciudad
pecaminosa. Cuando un tornado arrasa con alguna iglesia en el Midwest, un
terremoto derriba una iglesia en México o un habub entierra una mezquita en
África o en Medio Oriente, no. Cuando eso ocurre se trata de la cola del Diablo
o de una prueba del Señor, como la que impuso a Job. Sinceramente, no creo que
Dios sea el promotor de este tipo de manipulaciones tan mezquinas, como no creo
que haya sido alguna vez aficionado al olor de carne asada de los holocaustos.

Entiendo
que sobre este mismo problema se han creado falsos dilemas que destacan por su
brutalidad ideológica. Un ejemplo consiste en la práctica común de definirse por
un término o una idea que incluye todas las virtudes -un ideoléxico-, como si ese
grupo fuera capaz de colonizar el Bien y dejar el resto para sus adversarios,
es decir, el Mal. Por ejemplo, cuando los grupos neoconservadores se definen
como «compasivos» y «pro-life» (pro-vida), se asume que sus adversarios son
«crueles», «anti-life» o por lo menos indiferentes a la vida y a la necesidad
ajena. Esta definición se refiere a la condena del aborto pero no a la
promoción de guerras, al uso generalizado de armas, a la afición por la caza
deportiva o a la persecución de inmigrantes pobres, todas prácticas de las
cuales estos mismos grupos suelen ser radicales defensores.

El
efecto de este falso dilema es devastador: del otro lado los adversarios se
someten a él defendiendo con todos los argumentos a su alcance el derecho al
libre aborto como derecho a la libertad individual, sin importar la
circunstancia concreta.

Creo
que algunos grupos feministas, como parte de las corrientes consecuentes con la
larga tradición contestataria del humanismo, en su lucha por liberar a la mujer
-reconozco que este último puede ser otro ideoléxico- no tienen necesidad de
confundir liberación con irresponsabilidad, sino todo lo
contrario. Por ejemplo, un embarazo «no deseado» no es argumento suficiente
para interrumpirlo sino un argumento para imponerle al hombre la media cuota de
responsabilidad que le toca por sus actos pasados. Desde un punto de vista
secular, toda persona tiene el derecho de hacer con su cuerpo lo que considere
mejor, siempre y cuando no afecte a otra persona. Pero argumentar que una mujer
puede decidir por sí sola la interrupción de un embarazo (eufemismo que evita
decir, «matar a un feto humano»), que debe ser libre para hacer con su cuerpo
lo que quiera, es como decir que un padre tiene derecho a dormir ocho horas
seguidas sin importar que su bebé recién nacido necesite comer cada dos horas.
Y que lo deje desnutrirse o morir de hambre. Es parte de toda responsabilidad
algún grado de sacrificio. Eso es lo que distingue a una mujer y a un hombre
libre de un hombre o una mujer egoísta.

Por
lo tanto, tampoco basta alinearse en la fila de los abortistas o en la de los
antiabortistas porque este no sólo es un dilema falso y arbitrario sino además trágicamente
estúpido. Aún aquellos que pueden «estar a favor del aborto» en determinadas
circunstancias, nunca están a favor del aborto per se, como si estuviesen a favor de la caza deportiva, sólo por
placer de la muerte ajena. Sólo que no son plenamente conscientes de ello y
toman partido por lo que desprecian. Al menos que se trate de un monstruo, de los
que tampoco faltan en nuestra especie».

Jorge Majfud. majfud@gmail.com

Athens, abril 2008.

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