por ESCOTOMA.

Nosotros hoy, no tenemos ninguna capacidad de incidir en nada. O casi nada. Que no es lo mismo, pero es igual. Las marchas y los agravios, las descalificaciones apuradas a lo que dijiste o a lo que dejaste de decir, no surtirán efecto. Será una simple catarsis colectiva que, en el peor de los casos, solo incidirá en nuestros conflictos de cabotaje.

Porque perdimos el turno.

En otro momento tuvimos alguna capacidad. Seguro que la tuvimos. Todos. Si hubiéramos hecho política. De la grande. Pudimos haber hecho cosas para ayudar y acompañar en su lucha al pueblo de Venezuela. A ese pueblo al que no se le está respetando hoy, ni tampoco se le respetó en las últimas décadas.

Porque a la situación de hoy nos condujeron décadas y décadas de devaneos, postergaciones y nadismos inconducentes. Entretenimientos pre políticos, cuando no, lisa y llanamente, la alcahuetería a los tiranos. Algunos, que supieron callar, ahora nos cuentan que se puede condenar la dictadura y también la intervención militar. Pero, por las dudas, a la hora de condenar la dictadura, fueron más bien cautos. Y nunca un voto.

Algunos, el silencio. Otros, la lisonja. Todo para acabar siendo cómplices o custodios serviles del sostenimiento de un régimen putrefacto que asoló a la gente bastante más que esta intervención militar indeseable que no garantiza nada. Al revés. Garantiza que la suerte ya no está en manos del pueblo. Y que, además, atenta contra un derecho internacional en el que, en el fondo, no creen ni tirios ni troyanos.

Con la complicidad de una ecología burocrática internacional autosustentable, nos hemos encargado de vaciar de contenido y de hacer incompetentes a muchos de los organismos internacionales que han sido puestos al servicio de un puñado de consignas tan políticamente correctas, como vacías de contenido sustantivo y sin fundamento en los problemas reales de la gente.

Todos (salvo excepciones) juegan de manera mutuamente desleal. Muchos de los que reclamaban por la soberanía del pueblo, hoy se hacen los distraídos. Y te miran fijo mientras te acusan de tibio o de angelical. Pero son incapaces de hacerse un fondo de ojo o dar un paseíto por los propios archivos. Hay mucho progre de ocasión, de esos que siempre andan con el “facho” a flor de labios, reivindicando a Le Pen como un referente necesario. Y no falta algún antiimperialista vociferando, para tratar de interferir con una manifestación de venezolanos: “esto es Uruguay, viva la libertad carajo” en un lapsus que trasluce una mezcla de xenofobia con oscuras coincidencias inconfesables.

Casi todos los que se desgarran las vestiduras, van haciendo gárgaras de democracia para después correr a respaldar dictadores sanguinarios. O callar convenientemente. Casi todos haciendo buches con los principios del derecho internacional mientras de costado apuestan en el tablero de la realpolitik. A que te salve Trump o Putin, Irán o China. Lo que, de fondo, supone una actitud servil ante los señores de la guerra, que están sentados en otra mesa, bastante lejos, negociando entre ellos. Nada nuevo. Ya lo vimos muchas veces. En Praga o en Granada. En Budapest o en Saigón. Nada nuevo.

Y mientras tanto miramos de reojo a la gente. Y la despreciamos. Despreciamos, por ejemplo, las expresiones de la voluntad popular que, en el caso de Venezuela, han sido contundentes.  Y que señalan un rumbo de democracia. Y que apuntan a unos liderazgos que, mientras unos procuraban infructuosamente descalificar, otros parecen pretender descalificar en los hechos. Ojalá nos equivoquemos.

Pero, por ahora, la única persona venezolana que parece contar con el aval del presidente Trump es Delcy Rodríguez. Así lo ha manifestado expresamente el presidente de los Estados Unidos. Delcy tenía unos principios como Groucho Marx.

Por ahora estamos sin novedad en el frente. Los altos mandos militares, los inútiles mandos militares (como quedó en evidencia), siguen incambiados. Por ahora los presos políticos también siguen presos. Por ahora los colectivos motorizados y armados recorren impunemente las urbanizaciones de Caracas. Ojalá estas circunstancias cambien.

Dicho esto, condénese. Como siempre. Cada cual lo suyo. Movilícense unos. Aplaudan los otros. Insulten los más, porque no ven satisfechos sus instintos y su voracidad. Descalifiquen todos, porque se creen dueños de una verdad que supone acallar argumentos utilizando puras falacias. Deshumanicen. Así hacemos ostentación del Australopithecus que está latente en nuestros genes.

Dado este escenario de confrontaciones tan interesadas en salvar el propio ombligo y, sobre todo, el propio prejuicio, es muy probable que sean muy poquitos los que de verdad estén pensando en el padecimiento de la gran mayoría de la población de Venezuela, que lleva décadas desangrándose y dando una pelea legítima por pan y por libertad contra una dictadura implacable, cuyas armas solo han sido empuñadas contra su propio pueblo. Un sufrido pueblo que no debe bajar los brazos.

Y todo esto, ante nuestra mirada indolente y nuestros impulsos tironeados desde preconceptos arraigados y esquemas ideológicos perimidos que solo vienen sirviendo de pretexto para que los tiranosaurios de turno, no importa el color de sus capas, desplieguen sus fantasías señoriales y populistas, y anuncien, a los cuatro vientos, sus delirios de grandeza.