La “cultura carnavalesca” sigue oprimiendo nuestra conciencia
15 Feb '15

Sociedad Uruguaya

La “cultura carnavalesca” sigue oprimiendo nuestra conciencia

carnavalpor Diego Pereira.

“Son días de carnaval donde la mayoría de las personas se toman unos días para descansar y pasear, darse algún gustito más, visitar parientes o amigos, o quizá, algunos recién salgan de licencia. En medio de tanto trabajo a lo largo del año siempre es justo y necesario descansar. Se nos va tanto dinero en las cosas de necesidad básica (comida, luz, agua, teléfono, etc) que siempre es bueno destinar algo de dinero para darnos un gusto -al menos por unos días- y darle a nuestro cuerpo y a nuestra alma algo de descanso, diversión y distensión.

Frente a esto se desarrolla a lo largo de todo nuestro país la costumbre de realizar algún viaje, salir con amigos o con la familia para “carnavalear”. Pero todo esto siempre y cuando los medios económicos lo hagan posible. Por eso es que el carnaval no es para todo el pueblo. Mientras unos viajan a Río de Janeiro al Sambódromo, otros deben ir a trabajar para no perder esos días de trabajo sin el cual el pan no llega a su mesa. Otro, si logran tomarse esos días, podrán mirar algún desfile por la TV. Lo que importa a esta líneas es el efecto de la “cultura carnavalesca” que exige que estos días sean diferentes para todos.

Por eso es importante ver el poder que tiene la cultura sobre los sujetos. La cultura es esa construcción propia de un grupo humano que se desenvuelve dentro de un cierto territorio y que va generando diversas características con las cuales se presenta. Sus expresiones, costumbres, prácticas, rituales, modas, etc, varían dependiendo de muchos factores. No solo cambian a lo largo del tiempo con la influencia de las nuevas generaciones, sino que se ven agravadas por aquellas influencias externas. Hoy día sobre todo por la globalización que nos afecta desde el acceso tan fácil a internet, por los cables de televisión, lo que nos domina es la cultura del consumo, que no se ata a un territorio estrictamente, sino que es un elemento que navega por todos lados y que contagia y contamina todo a su paso.

Recordemos que el carnaval nace como fiesta de la antigua Roma al dios Saturno que luego el cristianismo toma y transforma a una fiesta de despedida de la carne, tiempo previo a la Cuaresma donde no se podía comer carne, como gesto de abstinencia. Aquí en Latinoamérica los diversos pueblos sometidos fueron tomando esta fecha del calendario para darle el sentido de sus propias fiestas religiosas. Así por ejemplo los guaraníes en Argentina, Bolivia y Paraguay, celebran en este tiempo el Areté Guasu: la “Fiesta Grande”, “El Tiempo Verdadero”, que coincide con la maduración del maíz que utilizan para la bebida tradicional: la chicha. Allí la fiesta es para toda la comunidad donde todos son participes de la fiesta que tiene un gran sentido religioso. ¿Qué nos quedo hoy de todo esto?

La consecuencia de esta cultura de consumo ha envenenado las mismas raíces culturales de nuestros pueblos, cambiando las costumbres y tradiciones de carnaval en productos de consumo que no siempre son optativos, sino que nos obligan a consumirlo. En nuestro país donde hemos perdido casi toda nuestra tradición, lo poco que queda es oportunidad de pocos para hacer dinero y lucrar con la necesidad del pueblo. En Montevideo el “Desfile de llamadas” tiene un costo que no es accesible a todos, lo mismo el gran Teatro de Verano. Muchas veces se quiere salvar esta distancia con los tablados barriales, pero hoy somos todos testigos de la mafia que existe en el medio carnavalesco. Cuando un grupo de jóvenes parodistas es privado de su libertad de trabajo, por el peso que tiene una sola persona que les prohíbe a algunos dueños de tablados dejarlos presentarse, estamos viendo la gran perversión y la mentira del carnaval.

En el otro extremo del país, en un pueblo pequeño y pobre como es Bella unión, se cierra con tejido de alambre la avenida principal donde se desarrolla el desfile de carnaval, y se colocan precios a las sillas y mesas, sumado a los precios de lo que se vende para consumir, y se olvidan que la mitad de los pobladores apenas tienen para vivir. Pero aún más: hay sólo cuatro escuelas de samba que desfilan (ya que una no se presentó pues no estuvo de acuerdo con el fallo del año anterior) desde las 23:00 hasta las 4.30 de la madrugada. Entre cada una de las escuelas hay casi una hora de espera. ¿Por qué? Porque así lo disponen los comerciantes que aprovechan para vender sus productos a personas que se sienten bien consumiendo. Pero como no todos pueden consumir muchas son las familias que no pueden ver el espectáculo. ¿Cómo hace una familia con dos o tres hijos que ganan $ 8000 por mes? Esto no es nuevo, esto pasa hace años. Y hace que nos seguimos sometiendo.

Y es así como seguimos escuchando que el carnaval es “la fiesta del pueblo y para el pueblo”, lo cual es una gran mentira. La cultura carnavalesca sigue contaminando nuestra conciencias y nos obliga a tener que consumir los productos que se generan porque el gran negocio debe andar. Mientras unos se llenan los bolsillos con el dinero de los que pueden pagar las entradas y comer panchos y tomar refrescos para sentirse dentro del sistema, son cada vez más los que quedan fuera de él. Lo más doloroso es que lo pobres sufren la misma presión pero sienten un peso extra por no poder acceder a esta diversión. Mientras unos se divierten y embriagan en carnaval, los pobres son obligados a recluirse en sus casas, separados por el alambre del tejido que no les permite el paso y les dice: “Si usted no puede consumir, entonces no existe. Váyase”. Los pobres son vistos como los que ensucian las ciudades frente a los colores del carnaval que intentan iluminar la oscuridad de un pueblo que sigue caminando en tinieblas y que es guiado por el dios mercado.

Ojalá un día unamos esfuerzos para volver a ver el carnaval como manifestación de las alegrías y penas de todo nuestro pueblo. Ojalá un día hagamos con latas y nylon nuestros redoblantes y tambores para poder hacer una música con la cual bailemos todos. Ojalá rompamos los muros que nos separan y no necesitemos de poner alambre para dejar pasar a todo el que quiere festejar. Como dice la canción escrita por Daniel Viglietti: “A desalambrar, a desalambrar, que la tierra es tuya, es mía y de aquél…”; que el carnaval pueda ser un día la liberación de las conciencias de todos nosotros y que celebremos la alegría de ser pueblo. En eso nos falta mucho aprender de los pueblos originarios, a los cuales tratamos como “atrasados”. ¡Cuánto debemos aprender de ellos!”.

Diego Pereira. pereira.arje@gmail.com

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