20 Mar '09

Sociedad Uruguaya

Liliana Borzacconi, presidenta del CONICYT: “Señales muy alentadoras para la comunidad científica uruguaya”

Recién designada presidenta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICYT), la ingeniera Liliana Borzacconi evaluó positivamente el actual «movimiento en ciencia, tecnología e innovación», y elogió las iniciativas de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII), que «han transmitido señales muy alentadoras para la comunidad científica uruguaya». 

Entre otras, Borzacconi destacó el portal Timbó, «que permite el acceso a bibliografía on line», y el Sistema Nacional de Becas (SNB): «es la primera vez que en el país hay becas para posgrados en todas las áreas del conocimiento, ya que hasta ahora existían solamente las becas PEDECIBA en áreas básicas, y que han dado excelente resultado en la formación de recursos humanos». La nueva presidenta del CONICYT también elogió el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), «que más allá de otorgar un incentivo económico revaloriza la tarea de investigador en la sociedad».

Las manos en la masa

Un día, a principios de los años 90, la Intendencia de Montevideo depositó dos camiones de basura -a pedido de la ingeniera química Liliana Borzacconi-, a un lado de la Facultad de Ingeniería. Antes de rellenar un reactor de siete metros de altura por dos de diámetro, la «donación» debió aguardar una noche a la intemperie y una estudiante, precavida, le colocó un cartel: «Material de proyecto. No tocar».

Borzacconi recuerda que pasaron tres días metiéndose adentro del reactor para apisonar la basura y que su olor característico se impregnaba en la piel. «Mis hijos eran chiquitos y me decían: ¿Por qué no podés trabajar en una fábrica igual que papá?». Sucede que a ella le gusta meter las manos en la masa. «Cuanto más uno se aproxima de las cosas, más se aprende».

Borzacconi tiene 53 años y lidera un grupo de investigadores que estudia el tratamiento de los residuos líquidos -efluentes industriales, aguas cloacales-, y sólidos. No se trata sólo del diseño de un reactor. «Hay que mirar eso y lo que está alrededor. La ingeniería química es una ingeniería de procesos. Uno tiene que ser capaz de observar un proceso que es complejo, que tiene cosas que interaccionan, y obtener y controlar el producto».

El grupo de tratamiento de residuos del Instituto de Ingeniería Química (IIQ) de la Facultad de Ingeniería cuenta con tres laboratorios que ocupan un área aproximada de 60 m2. En uno están los equipos más delicados y se realizan los análisis de seguimiento, otro contiene reactores de 12/15 litros a escala piloto, y el tercero -termostatizado a 30º-, sirve para estudios anaerobios, de biodegradibilidad, experimentación con filtros, mediciones de biogás, etc.

A escala mundial la investigación está emparentada con la línea ambiental de la International Water Asociation (IWA), y conectada a un grupo de cerca de 30 especialistas latinoamericanos que se reúne cada dos años para discutir el desarrollo tecnológico en el área de la «digestión anaerobia».

Además de servir para el intercambio científico, es un ámbito de encuentro de amigos. «Lo mejor es que ese intercambio se produce entre gente que proviene de países en situaciones similares, y a veces las soluciones más ingeniosas pueden adaptarse y aplicarse en otros lugares».

Fuera de la facultad el proyecto se desarrolla a través de convenios con las industrias y algunas intendencias municipales.

«Mi mamá creía que no era una carrera para mujeres»

Borzacconi se crió en La Unión, pero también vivió en Pocitos, en Piriápolis y seis meses en Italia, la tierra de su padre. Fue en verano y aunque solo tenía seis años guarda recuerdos de jugar con otros chicos, de aprender el idioma, de meterse en otra cultura, de entender cómo piensa otra sociedad. «Para cualquier niño meterse en otra cultura es muy enriquecedor. No tenés conciencia de eso pero aprendés un montón de cosas que después llevás toda la vida».

Al retornar a Uruguay fue la vez de vivir más de un año en Piriápolis donde su padre, empresario del transporte, intentó recuperarse de una deficiencia cardíaca. Allí aprendió ballet. «Las clases eran en el Argentino Hotel en una sala enorme que daba sobre la rambla». Y también piano, que si bien fue un aprendizaje impuesto, le permitió descubrir que era la música que quería escuchar para siempre.

Al promediar el tercer año liceal descubrió que quería ser ingeniera química. «Mi mamá creía que no era una carrera para mujeres y deseaba que siguiera abogacía, pero me llevó a hacer un test vocacional que terminó dándome la razón».

En aquella época los primeros tres años se cursaban en la Facultad de Química y los tres siguientes en la de Ingeniería. Ingresó en 1975 en plena intervención de la Universidad. «La Facultad de Química exige mucho tiempo y dedicación. Al principio todo el mundo siente un cimbronazo, pero tiene sus ventajas porque uno desarrolla una capacidad de trabajo que no solo sirve para la carrera sino también para el resto de la vida».

Son tantas horas de convivir y compartir que no es raro surjan algunos matrimonios como el de ella con el también ingeniero químico Francisco Lezama que trabaja en el sector industrial y con quien lleva 30 años de casados. Tienen dos hijos: Federico de 26 años y Magdalena de 24.

En 1978 entró a la Facultad de Ingeniería. A diferencia del período cursado en Química le tocó ser la única mujer en un grupo de cerca de 40 estudiantes.

 Lo que vale es el conocimiento

Hay una conexión entre la pasión con que desarrolla su trabajo y el amor y el respeto por el ambiente. «Soy fanática de las plantas y me gusta la jardinería. La biología, combinada con la ingeniería química, es un área que me resulta atrapante». Aunque vive en un apartamento se las ingenia para cultivar plantas interiores y otras que crecen en la terraza y en la azotea. También ayudó a plantar los timbós que ornamentan el frente de la Facultad.

Los fines de semana Borzacconi disfruta de su casa en La Floresta donde cuida el jardín y practica deportes. Si bien el que más le gusta es el volleyball, «porque es un juego de equipo», al influjo de sus amigos de la playa generalmente juega tenis. Tiene un hobby que compite con la playa que es la feria de Tristán Narvaja. «Adoro las antigüedades y la pintura y también frecuento las ferias de la Plaza Matriz y de Larravide».

El «juego de equipo» también la atrae en su trabajo como investigadora y docente. «Cualquier persona sabe que lo que vale en realidad es el conocimiento. Nosotros tenemos mucha gente con mucha capacidad. Cuando uno recorre otros países descubre que tenemos ventajas que muchas veces no aprovechamos. A veces estamos cansados pero igual seguimos. Saber que uno no está solo es muy importante».

La dinámica lleva a estudiar aspectos del proceso «que quizás no tengan una aplicación inmediata, pero permiten perfeccionarse, avanzar, y anticiparse a los problemas».

Gestión de residuos sólidos urbanos

La gestión de residuos sólidos se define como la disciplina asociada al control de la generación, almacenamiento, recolección, transferencia y transporte, procesamiento y evacuación de residuos sólidos, de forma de armonizar los principios de salud pública, economía, ingeniería, conservación, estética y otras consideraciones ambientales.

Uno de los métodos de disposición final más extendidos sigue siendo el Relleno Sanitario o Vertedero Controlado. En Uruguay y en general en la región -aunque muchas veces el término se aplica erróneamente a simples vertederos incontrolados-, es la alternativa mas utilizada.

Concebido como un gigantesco biorreactor, el relleno sanitario puede analizarse desde el punto de vista de la degradación de los residuos orgánicos a través de los cuales percola el agua infiltrada desde la superficie. Como consecuencia se generan emisiones líquidas (lixiviado) y gaseosas (biogás) que deben ser cuantificadas para diseñar adecuadamente los sistemas de captación y tratamiento.

La investigación apunta a minimizar los residuos. «No sólo a tratar el desecho final sino a racionalizar el proceso productivo. Esto es bueno porque no contamina, pero también porque tiene beneficios económicos. En el mundo cada vez más se exige el cumplimiento de ciertas normativas ambientales y nosotros tenemos que ponernos al día, porque corremos el riesgo de que se transformen en una barrera para nuestros productos». 

Fuente: Universidad de la República. http://www.larepublica.com.uy

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